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Cuentos para pensar

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Cuentos para pensar

Mensaje por Chapin el Lun Ago 29, 2011 7:34 pm

Aqui les dejo unos cuento que para mi son muy buenos y hacen recapacitar
COMO CRECER?

Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.
El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino.
Volviéndose
al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid
se moría porque no podía florecer como la Rosa.
La Rosa lloraba
porque no podía ser alta y sólida como el Roble. Entonces encontró una
planta, una fresia, floreciendo y más fresca que nunca.
El rey preguntó:
¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío?
No
lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste,
querías fresias. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías
plantado. En aquel momento me dije: "Intentaré ser Fresia de la mejor
manera que pueda".
Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu fragancia. Simplemente mirate a vos mismo.
No hay posibilidad de que seas otra persona.
Podes disfrutarlo y florecer regado con tu propio amor por vos, o podes marchitarte en tu propia condena...

GALLETITAS

A
una estación de trenes llega una tarde, una señora muy elegante. En la
ventanilla le informan que el tren está retrasado y que tardará
aproximadamente una hora en llegar a la estación.
Un poco
fastidiada, la señora va al puesto de diarios y compra una revista,
luego pasa al kiosco y compra un paquete de galletitas y una lata de
gaseosa.
Preparada para la forzosa espera, se sienta en uno de los
largos bancos del andén. Mientras hojea la revista, un joven se sienta a
su lado y comienza a leer un diario. Imprevistamente la señora ve, por
el rabillo del ojo, cómo el muchacho, sin decir una palabra, estira la
mano, agarra el paquete de galletitas, lo abre y después de sacar una
comienza a comérsela despreocupadamente.
La mujer está indignada. No
está dispuesta a ser grosera, pero tampoco a hacer de cuenta que nada
ha pasado; así que, con gesto ampuloso, toma el paquete y saca una
galletita que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente.
Por toda respuesta, el joven sonríe... y toma otra galletita.
La
señora gime un poco, toma una nueva galletita y, con ostensibles
señales de fastidio, se la come sosteniendo otra vez la mirada en el
muchacho.
El diálogo de miradas y sonrisas continúa entre galleta y
galleta. La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más
divertido.
Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete
queda sólo la última galletita. " No podrá ser tan caradura", piensa, y
se queda como congelada mirando alternativamente al joven y a las
galletitas.
Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la última
galletita y, con mucha suavidad, la corta exactamente por la mitad. Con
su sonrisa más amorosa le ofrece media a la señora.
- Gracias! - dice la mujer tomando con rudeza la media galletita.
- De nada - contesta el joven sonriendo angelical mientras come su mitad.
El tren llega.
Furiosa,
la señora se levanta con sus cosas y sube al tren. Al arrancar, desde
el vagón ve al muchacho todavía sentado en el banco del andén y piensa: "
Insolente".
Siente la boca reseca de ira. Abre la cartera para
sacar la lata de gaseosa y se sorprende al encontrar, cerrado, su
paquete de galletitas... ! Intacto!.

UN RELATO SOBRE AMOR

Se
trata de dos hermosos jóvenes que se pusieron de novios cuando ella
tenía trece y él dieciocho. Vivían en un pueblito de leñadores situado
al lado de una montaña. Él era alto, esbelto y musculoso, dado que había
aprendido a ser leñador desde la infancia. Ella era rubia, de pelo muy
largo, tanto que le llegaba hasta la cintura; tenía los ojos celestes,
hermosos y maravillosos..
La historia cuenta que habían noviado con
la complicidad de todo el pueblo. Hasta que un día, cuando ella tuvo
dieciocho y él veintitrés, el pueblo entero se puso de acuerdo para
ayudar a que ambos se casaran.
Les regalaron una cabaña, con una
parcela de árboles para que él pudiera trabajar como leñador. Después de
casarse se fueron a vivir allí para la alegría de todos, de ellos, de
su familia y del pueblo, que tanto había ayudado en esa relación.
Y
vivieron allí durante todos los días de un invierno, un verano, una
primavera y un otoño, disfrutando mucho de estar juntos. Cuando el día
del primer aniversario se acercaba, ella sintió que debía hacer algo
para demostrarle a él su profundo amor. Pensó hacerle un regalo que
significara esto. Un hacha nueva relacionaría todo con el trabajo; un
pulóver tejido tampoco la convencía, pues ya le había tejido pulóveres
en otras oportunidades; una comida no era suficiente agasajo...
Decidió
bajar al pueblo para ver qué podía encontrar allí y empezó a caminar
por las calles. Sin embargo, por mucho que caminara no encontraba nada
que fuera tan importante y que ella pudiera comprar con las monedas que,
semanas antes, había ido guardando de los vueltos de las compras
pensando que se acercaba la fecha del aniversario.
Al pasar por una
joyería, la única del pueblo, vio una hermosa cadena de oro expuesta en
la vidriera. Entonces recordó que había un solo objeto material que él
adoraba verdaderamente, que él consideraba valioso. Se trataba de un
reloj de oro que su abuelo le había regalado antes de morir. Desde
chico, él guardaba ese reloj en un estuche de gamuza, que dejaba siempre
al lado de su cama. Todas las noches abría la mesita de luz, sacaba del
sobre de gamuza aquel reloj, lo lustraba, le daba un poquito de cuerda,
se quedaba escuchándolo hasta que la cuerda se terminaba, lo volvía a
lustrar, lo acariciaba un rato y lo guardaba nuevamente en el estuche.
Ella
pensó: "Que maravilloso regalo sería esta cadena de oro para aquel
reloj." Entró a preguntar cuánto valía y, ante la respuesta, una
angustia la tomó por sorpresa. Era mucho más dinero del que ella había
imaginado, mucho más de lo que ella había podido juntar. Hubiera tenido
que esperar tres aniversarios más para poder comprárselo. Pero ella no
podía esperar tanto.
Salió del pueblo un poco triste, pensando qué
hacer para conseguir el dinero necesario para esto. Entonces pensó en
trabajar, pero no sabía cómo; y pensó y pensó, hasta que, al pasar por
la única peluquería del pueblo, se encontró con un cartel que decía: "Se
compra pelo natural". Y como ella tenía ese pelo rubio, que no se había
cortado desde que tenía diez años, no tardó en entrar a preguntar.
El
dinero que le ofrecían alcanzaba para comprar la cadena de oro y
todavía sobraba para una caja donde guardar la cadena y el reloj. No
dudó. Le dijo a la peluquera:
- Si dentro de tres días regreso para venderle mi pelo, ¿usted me lo compraría?
- Seguro - fue la respuesta.
- Entonces en tres días estaré aquí.
Regresó a la joyería, dejó reservada la cadena y volvió a su casa. No dijo nada.
El
día del aniversario, ellos dos se abrazaron un poquito más fuerte que
de costumbre. Luego, él se fue a trabajar y ella bajó al pueblo.
Se
hizo cortar el pelo bien corto y, luego de tomar el dinero, se dirigió a
la joyería. Compró allí la cadena de oro y la caja de madera. Cuando
llegó a su
casa, cocinó y esperó que se hiciera la tarde, momento en que él solía regresar.
A
diferencia de otras veces, que iluminaba la casa cuando él llegaba,
esta vez ella bajó las luces, puso sólo dos velas y se colocó un pañuelo
en la cabeza. Porque él también amaba su pelo y ella no quería que él
se diera cuenta de que se lo había cortado. Ya habría tiempo después
para explicárselo.
Él llegó. Se abrazaron muy fuerte y se dijeron lo
mucho que se querían. Entonces, ella sacó de debajo de la mesa la caja
de madera que contenía la cadena de oro para el reloj. Y él fue hasta el
ropero y extrajo de allí una caja muy grande que le había traído
mientras ella no estaba. La caja contenía dos enormes peinetones que él
había comprado... vendiendo el reloj de oro del abuelo.
Si ustedes
creen que el amor es sacrificio, por favor, no se olviden de esta
historia. El amor no está en nosotros para sacrificarse por el otro,
sino para disfrutar de su existencia.

EL PORTERO DEL PROSTIBULO

No
había en el pueblo un oficio peor conceptuado y peor pago que el de
portero del prostíbulo. Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre?
De
hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna
otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque sus padres
había sido portero de ese prostíbulo y también antes, el padre de su
padre.
Durante décadas, el prostíbulo se pasaba de padres a hijos y la portería se pasaba de padres a hijos.
Un
día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del prostíbulo un joven
con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el
negocio.
Modificó las habitaciones y después citó al personal para darle nuevas instrucciones.
Al
portero, le dijo: A partir de hoy usted, además de estar en la puerta,
me va a preparar una planilla semanal. Allí anotará usted la cantidad de
parejas que entran día por día. A una de cada cinco, le preguntará cómo
fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me
presentará esa planilla con los comentarios que usted crea convenientes.

El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al trabajo pero.....
Me encantaría satisfacerlo, señor - balbuceó - pero yo... yo no sé leer ni escribir.
¡Ah!
¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra
persona para que haga esto y tampoco puedo esperar hasta que usted
aprenda a escribir, por lo tanto...
Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo...
No lo dejó terminar.
Mire,
yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le vamos a
dar una indemnización, esto es, una cantidad de dinero para que tenga
hasta que encuentre otra cosa. Así que, lo siento. Que tenga suerte.
Y sin más, se dio vuelta y se fue.
El
hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que
podría llegar a encontrarse en esa situación. Llegó a sí casa, por
primera vez desocupado. ¿Qué hacer?
Recordó que a veces en el
prostíbulo, cuando se rompía una cama o se arruinaba una pata de un
ropero, él, con un martillo y clavos se las ingeniaba para hacer un
arreglo sencillo y provisorio. Pensó que esta podría ser una ocupación
transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo.
Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenía unos clavos oxidados y una tenaza mellada.
Tenía que comprar una caja de herramientas completa.
Para eso usaría una parte del dinero recibido.
En
la esquina de su casa se enteró de que en su pueblo no había una
ferretería, y que debía viajar dos días en mula para ir al pueblo más
cercano a realizar la compra.
¿Qué más da? Pensó, y emprendió la marcha.
A
su regreso, traía una hermosa y completa caja de herramientas. No había
terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa.
Era su vecino.
Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme.
Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar... como
me quedé sin empleo...
Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.
Está bien.
A
la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta.
Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?
No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula.
Hagamos
un trato - dijo el vecino- Yo le pagaré a usted los dos días de ida y
los dos de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin
trabajar. ¿Qué le parece?.
Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro días...
Aceptó. Volvió a montar su mula.
Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.
Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo?
Sí...
Yo
necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatros días
de viaje, y una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no
todos podemos disponer de cuatro días para nuestras compras.
El ex -
portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un
destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue.
"...No
todos disponemos de cuatro días para compras", recordaba. Si esto era
cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer
herramientas.
En el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco
del dinero de la indemnización, trayendo más herramientas que las que
había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo de viajes.
La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje.
Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes.
Pronto
entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las
herramientas, podría ahorrar más viajes y ganar más dinero. Alquiló un
galpón.
Luego le hizo una entrada más cómoda y algunas semanas
después con una vidriera, el galpón se transformó en la primer
ferretería del pueblo.
Todos estaban contentos y compraban en su
negocio. Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le enviaban
sus pedidos. Él era un buen cliente.
Con el tiempo, todos los
compradores de pueblos pequeños más lejanos preferían comprar en su
ferretería y ganar dos días de marcha.
Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las cabezas de los martillos.
Y luego, ¿por qué no? Las tenazas... y las pinzas... y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos.....
Para
no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se
transformó con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de
herramientas. El empresario más poderoso de la región.
Tan poderoso
era, que un año para la fecha de comienzo de las clases, decidió donar a
su pueblo una escuela. Allí se enseñaría además de lectoescritura, las
artes y loas oficios más prácticos de la época.
El intendente y el
alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de la escuela y una
importante cena de agasajo para su fundador. A los postres, el alcalde
le entregó las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazó y le dijo:
Es
con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de
poner su firma en la primer hoja del libro de actas de la nueva escuela.

El honor sería para mí - dijo el hombre -. Creo que nada me
gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni escribir. Yo soy
analfabeto.
¿Usted? - dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo
- ¿Usted no sabe leer ni escribir? ¿Usted construyó un imperio
industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto,
¿qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir?
Yo se lo puedo
contestar - respondió el hombre con calma -. Si yo hubiera sabido leer y
escribir... sería portero del prostíbulo!.
¡¡Esto es todo amigos!











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Re: Cuentos para pensar

Mensaje por Moises el Lun Abr 02, 2012 11:45 am

**** muy largo para leer todo.. eso hahahah




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